Alertan a 300 valencianos de riesgo de muerte súbita tras fallecer sus familiares
Media década de investigación de forenses y cardiólogos propician la implantación de 25 desfibriladores en parientes de fallecidos
Francisco García, conocido en Torrent como Paco 'El Tonet', era un hombre sano. Ejercía como agricultor y, según los que le conocieron, cuidaba su salud. Pero la muerte le sorprendió sin avisar. Su vida acabó repentinamente el verano pasado, a los 39 años, un fallecimiento que llenó de pena a su mujer y a sus tres hijos.
Como él, 400 personas han sufrido la traicionera muerte súbita en los últimos cinco años en tierras valencianas. Pero la mirada de los forenses y los médicos ha logrado evitar que el número sea mayor. Alrededor de 300 familiares de estos fallecidos en la Comunitat han sido ya alertados de problemas de salud de tipo congénito gracias a la Unidad de Valoración del Riesgo de Muerte Súbita familiar, en la que forenses y cardiólogos trabajan mano a mano desde hace media década.
Personas relativamente jóvenes, sin enfermedad conocida ni síntomas premonitorios antes de la hora previa a la muerte. Es el perfil de los fallecimientos catalogados como muerte súbita por los forenses. Estos óbitos fulminantes son, casi siempre, objeto de autopsia. Aunque en la inmensa mayoría de casos acaban confirmándose como muertes naturales, legalmente es preciso analizar los cuerpos para descartar una causa criminal como, por ejemplo, un envenenamiento.
«Antes de 2008, cuando llegaba una persona fallecida de esta manera se informaba a los familiares de que había perecido de muerte súbita, y ahí acababa todo», explica Juan Giner, subdirector del Instituto de Medicina Legal (IML) de Valencia y responsable forense de la unidad. «Ahora hay una autopsia en profundidad y se brinda a los familiares la posibilidad de una revisión muy exhaustiva para conocer si están en riesgo. Se investiga a padres, hijos, hermanos...», enumera.
El análisis forense de las 400 muertes súbitas en la Comunitat arroja una importante información. La mayoría, un 65%, se deben a problemas cardiacos que no se habían manifestado antes. Sólo un 13% responden a complicaciones ajenas al corazón. Uno de cada diez fallecimientos repentinos corresponden a lactantes y un 12% de los casos está todavía pendiente de estudio. Dentro de las muertes súbitas cardiacas, existe un mal presente en casi la mitad de los casos, la arteriosclerosis coronaria severa, que acaba repentinamente con la vida de una persona mientras realiza cualquier actividad diaria que no tiene porque conllevar un esfuerzo físico.
Y tras el aporte de los forenses, llega el del resto de médicos y cardiólogos. Según la doctora Esther Zorio, coordinadora de la Unidad de Valoración de Riesgo de Muerte Súbita, «desde que se puso en marcha este servicio hemos investigado a unos 1.200 miembros de 260 familias valencianas. Son todos los que han aceptado someterse a las pruebas, porque hay personas que tras la muerte súbita de un familiar no desea ser analizado».
De esos 1.200 individuos que han aceptado, 900 estaban sanos y 300 presentan riesgos de salud de mayor o menor gravedad que no habían dado pistas sobre su existencia. Hay desde niños recién nacidos hasta personas mayores. O bien padecen la misma enfermedad que su pariente fallecido o algún tipo de alteración genética similar.
«Ese grupo de familiares en riesgo está ya recibiendo un seguimiento clínico pormenorizado», detalla Zorio. «A veces basta con un cambio de hábitos de vida o alimentación. En otros casos requieren tratamiento médico y, en los más graves, la implantación de desfibriladores en los pacientes».
Unos 25 valencianos viven ya con uno de estos dispositivos para impedir que su corazón falle donde lo hizo el de su padre o su tío víctima de una muerte súbita. Como Sandra López, una joven alicantina cuyo tío falleció de manera fulminante a los 14 años durante un partido de balonmano. Gracias a las investigaciones de médicos y forenses descubrió que sufría taquicardia ventricular polimórfica. En diferentes grados, estaban en peligro su abuela, su padre, tres tías y dos de sus primas. Pero sólo ella precisó de desfibrilador.
Así resume Sandra lo que sintió entonces: «Cuando descubrí que padecía la enfermedad y me tenían que poner el aparato me quedé fatal, pero ahora puedo llevar una vida normal sin correr ni hacer esfuerzos físicos intensos».

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